¿Somos postmodernos?
Asistimos, aunque no queramos reconocerlo, a un acuerdo establecido en materia de políticas de Estado, que corrigen y varían una concepción del desarrollo marcada por una excesiva actitud intervencionista del Estado, en un escenario entendido como una totalidad social. Este acuerdo, sin lugar a dudas, favorece a algunos sectores de la economía que pueden virtualmente competir con facilidad en el mercado internacional, pero resulta incoherente con las necesidades públicas de construir una sociedad basada en la convivencia y en el respeto mutuo. Es decir, el ejercicio técnico que puede desatar el libre albedrío empresarial, puede hipotéticamente dibujar elegantes condiciones de calidad de vida pero estos productos culturales resultan incompatibles con las idiosincrasias populares, cuya dinámica oculta en la clandestinidad elementos intangibles de un pasado que se resiste a desaparecer. Quizás la novedad cosmética resulta atractiva para los imaginarios sociales, sin embargo, de un tiempo a esta parte los disfraces ideológicos no ocultan a la perfección las intenciones de sometimiento que estos artefactos administrativos fomentan.
La percepción es que este avance
en metas específicas habla de un consenso establecido a partir del cual los
actores que de una y otra manera participan del escenario político deben
articular sus promesas y estrategias del desarrollo. Sin embargo, tengo la
impresión de que este acuerdo ha sido establecido sin haber contado con todos los
actores reales de nuestra sociedad, reduciéndose a aquellos sectores que hacen
del ejercicio ciudadano una oportunidad de beber de la mamadera del Estado. La
desestructuración de las condiciones institucionales desde las cuales se
construye la experiencia democrática, ahonda la brecha entre las figuras que
dicen defender el sistema político, y aquellos agentes desmovilizados que
sumergidos en sus relaciones cotidianas, invalidan el régimen político pero que
no hacen nada para cambiarlo. En otras palabras, la división entre actores
políticos y no políticos, con toda la depredación de los valores morales que
esto significa, ocasiona que el oportunismo de aquellos que se sirven de la
democracia estatal difunda un orden social, que a la larga asfixia la iniciativa
individual y corrompe las garantías concretas sobre las cuales se concibe la
vida social.
La urgencia por destituir una
visión del desarrollo que colisionaba directamente con la diversidad cultural y
que no desactivaba los fundamentos ideológicos del lenguaje criollo, llevo a
los actores vinculados al incipiente mercado interno a subirse al carro de la
democracia y de la gestión empresarial, como una alternativa al desarrollo
heterodoxo que estrangulaba la expresión económica de las identidades regionales
y locales. Si bien con sus defectos, el ajuste estructural a que esta medida
condujo, introdujo una visión del mercado que es desde ahora un principio
pluralista de la sociedad civil, lo cierto es que el despotismo de este impulso
institucional impacta sobre la capacidad de adaptación socio psicológica que la
población trabajadora es capaz de desarrollar. Mientras se conciba como
política de Estado lo que es desde lejos interés de la clase
político-económica, toda tentativa de transformar el edificio social de la
peruanidad, sin tomar en cuenta la voz de las mayorías, chocará inevitablemente
con la heterogeneidad cultural que los atletas de lo tecnocrático desprecian.
Habiéndose entendido que la
sociedad en el fondo solamente se acomoda a los cambios estructurales para
sobrevivir, se entenderá por consiguiente, que la falsa integración social que alcanza la sociedad no es el resultado del
bienestar social que este pueda generar, sino que es un producto de la
necesidad de aferrarse a los recursos materiales e ideológicos que éste
infinitamente produce. La calidad de vida que el sistema político oferta
descansa sobre la creatividad para desperdigar significados e insumos
culturales y no en su capacidad para generar condiciones concretas sobre las
cuales se manifieste el espíritu social. En la medida que lo peruano se siga
elaborando sobre la imagen múltiple de las ideologías del consumo, todo
socialización que quiera construir individuos autónomos, conscientes de su rol
social, desembocará en una agresiva atomización social y en egoísmos
institucionalizados. La violencia con la cual el aparato estatal dirige la
conducta, provocando el socavamiento de los espacios tradicionales en los
cuales se refugia la individualidad, ocasiona que a su vez el individuo ejerza
violencia para escapar al destino de la sociedad. La vigilancia y el ocaso que
sufre el sujeto por los mecanismos dictatoriales del mercado, inhibe la
creatividad social para elaborar discursos que rescaten, llamémoslo así, lo
esencial del espíritu peruano. Es decir, la construcción de un edificio social
en el cual depositar con confianza lo mejor de las destrezas nacionales,
dependerá de la habilidad para escapar a la tiranía del mercado sin renunciar a
sus recursos infraestructurales legítimos.
Por otra parte, extendida
culturalmente la idea de que la globalización es la mano invisible que
trasciende la aventura colectiva de cualquier proyecto nacional, lo único que
queda para no quedar excluido de los movimientos del capital, es constituir con
inteligencia un proyecto de sociedad que recoja las demandas de reconocimiento
de las diversas identidades regionales y locales. La nación es un discurso que
puede ser absorbido por la sociedad solo si se abandona con certeza ese
facilismo mercantil, que consiste en tomar decisiones públicas sobre la base de
esquemas que han tenido éxito en otras latitudes pero que aplicados en nuestra
realidad colisionan con la idiosincrasia social. En tanto la caída del modelo
de desarrollo populista conduzca a la caoticidad estructural y cultural,
cualquier visión alternativa de desarrollo que se quiera implementar, fracasará
porque no toma en cuenta el entramado organizativo de nuestra sociedad.
Pero vayamos al núcleo de esta
discusión. Hasta aquí he sostenido que el programa civilizatorio que promueven
los actores internos nos acercan a los a priori ideológicos de las relaciones
internacionales, pero nos distancian por una cuestión de desconocimiento del
clamor popular que vive sumido en la pobreza y la frustración. Es decir, se
cree firmemente que el bombardeo cultural que ha desatado el racionalismo
occidental, creará una dimensión independiente a las estructuras socioecónomicas
de los países que no han alcanzado el desarrollo. Dimensión que dice fomentará
un ideario del desarrollo en armonía con nuestras raíces culturales. Cualquier
ámbito social que asimile cautivamente los significados visuales que el
capitalismo expande con el propósito de modelar un tipo particular de ser
social, devendrá en un espacio condenado a la regresión productiva e
institucional.
En otras palabras, aunque el
impulso de la globalización cultural difumine un patrón de hombre consumidor,
capaz de adaptar sus esquemas de comportamiento a los más espeluznantes cambios
estructurales, lo cierto es que dicha plaga ideológica bloquea el ciclo de
modernización de la estructura productiva en su conjunto. La sed por aferrarse a los esqueletos seductores de
la sociedad de la información, porque ahí residen los símbolos de la
supervivencia, nos hace desconocer las insuficiencias de un sistema económico
que empobrece la experiencia a medida que se adentra en las conciencias
regionales, cambiando desmesuradamente las frágiles constituciones en las
cuales se refugia la identidad social.
Llegados a este punto, habiéndose
sustentado que se oculta una estructura primaria y terciarizada tras los
atavíos lujosos de la cultura del consumo y de la publicidad, quisiera
desmentir aquella tesis que sostiene que el rumbo histórico de esta sociedad
puede ser el mismo que el de las sociedades posmodernas. Es decir, el argumento
que dice que las fronteras concretas se han desdibujado, por consiguiente, es
susceptible que existan regímenes económicos híbridos, es sin lugar a
equivocaciones, una figura ideológica que oculta un núcleo imperecedero de
hegemonías al interior del mercado y en los confines de este. Tanto la economía
de subsistencia dirigida a los excluidos, como aquellas relaciones de
producción informales que hacen usos de la fuerza de trabajo en condiciones
infrahumanas, viven articulados al mercado internacional como reservorios de
espléndida plusvalía, y no como sectores de la economía que en un momento
posterior puedan se incorporados al sistema central de acumulación. Sin
embargo, la naturaleza endeble de estas hegemonías locales pude ser
resquebrajada si los intereses de la clase dominante plasmados en una ideología
del consumo colisionan con las redes informales de una incipiente burguesía
industrial; cuando tiendan a conflictuar los intereses de una embrionaria
burguesía industrial con los intereses trasnacionales de la clase dirigente,
por el control del mercado interno, una forma de plantear la formación social
precapitalista bloqueará el ligero y tímido intento de reestructurar la
economía sobre una base industrial. La necesidad de incluirse en los circuitos
globales del mercado internacional obligará a los patricios de la economía
primarizada a incorporar segmentos calificados del sector manufacturero,
variando de modo precario e híbrido la formación primario-exportadora del país.
Su objetivo no será reconocer la urgencia de un cambio radical en el modelo de
acumulación, sino agregar a su dominio económico aquella infraestructura social
y de mentalidades que facilite la profusión de un conocimiento y de un modo de
organizar la sociedad para sus propósitos empresariales. El interés particular
de elaborar una espiritualidad proclive a la gerencia empresarial, no sólo
bloquea de modo arbitrario la génesis de una cultura auténtica, sino que además
dirige las energías de nuestra clase trabajadora al margen del control
implícito de este mecanismo desregulado, que de algún modo inesperado ha
empatado con los referentes culturales de nuestra diversidad.
No quiero hacer apología al
mecanismo desregulado de la oferta y la demanda, lo que quiero demostrar es que
aunque la perversidad de este modelo de desarrollo excluye a porciones
significativas de la población, lo cierto es que los pobres se han apropiado de
los saberes implacables de la ideología neoliberal, creando de modo caótico la
impresionante presencia de un capitalismo interno que empieza a no sólo exigir
reconocimiento étnico sino además participación en la forma como se administra
la política económica. No obstante es lícito lanzar la conjetura de que esta asimilación
de la semántica tecnocrática de modo violento, no resulta por sí solo una
oportunidad natural de salir del subdesarrollo. Es necesario advertir que
mientras se mantenga la heterogeneidad estructural como correlato general de la
fragmentación étnica, este crecimiento que experimentan los sectores de
vanguardia de la economía peruana no será más que resultado de una pintoresca
improvisación, y no producto de una programación sostenida de los negocios de
la política económica. Una etapa espontánea del crecimiento técnico debe dar
paso a una maniobra regulada de la formación social, pero no a una
planificación que asfixie la iniciativa empresarial sino al florecimiento de
ciertas condiciones institucionales que hagan crecer la participación de los
microcircuitos gremiales en el conjunto del producto bruto interno del país.
Se han dictado medidas formales
par incentivar la generación de iniciativas empresariales; medidas que en su
intento de incluirlas al universo de la tributación jurídica estrangulan la capacidad
de reproducción ampliada que estas empresas podrían desarrollar. El grave
déficit fiscal que soporta el Estado peruano no debe ser resuelto con la
excesiva presión tributaria sobre los sectores marginales a la economía formal,
que a la larga protegen los intereses de la economía primaria y terciarizada.
Creo que la iniciativa del Estado en estos rubros debe ampliarse con el
objetivo de incrementar la participación modeladora de la economía que
estimulan estos sectores sociales. La solución es hacer crecer la inversión
interna acaparando y haciendo crecer el mercado interno, destinando inyecciones
de capital líquido en los salarios de los trabajadores y en la innovación
tecnológica de los talleres productivos, con el propósito de obligar a los sectores
de avanzada del capital a reconocer un consenso en materia de políticas de
Estado, que haga perdurar un desarrollo sostenible en los próximos cincuenta
años.
Debe abandonarse aquel
intercambio desigual que se establece con los mercados extranjeros, no sólo
dando trabajo en los sectores microempresariales a la fuerza ociosa de la
población, sino además tratando de producir para el mercado interno
alternativas de consumo que atrapen y obliguen a reinvertir el plusvalor en
nuestras tierras. Así como existe un bombardeo de mercancía culturales que
modifican las orientaciones valorativas del consumidor hacia aquellos productos
que fabrican y maquetean los agentes trasnacionales, debe haber una excitación
audiovisual a cerca de los bienes que nosotros los peruanos producimos. Es
imposible cambiar los fantasmas ideológicos que confeccionan más de un
disparate cultural; esa es la condición posmoderna que ha revolucionado la
manera de pensar de nuestros estratos sociales, y por consiguiente, ha variado
el modo en el cual el individuo se relaciona para producir.
La alternativa semántica de
producir sentimientos e ilusiones que escapen a la memoria precapitalista que
ostentamos, sólo puede provocar una decepción con respecto al mundo real. En
tanto la mimesis de lo muerto aprisione las
fantasías de realización individual, creyéndolas satisfacer por el ingenioso y
atractivo mecanismo de la industria cultural, se hará casi imposible que los
bienes simbólicos que saturan nuestra conciencia guarden correspondencia con el
empobrecimiento material de la condición premoderna de nuestro país. La
diferencia se convertirá en aquel dispositivo ontológico a partir del cual se
procesa la interpretación de las enormes mayorías, sus códigos estéticos, sus
sistemas de significación, pero será una trampa ideológica que desactiva y
traba el apetito de realización que cada sujeto inaugura y desea resolver. El
mantenimiento de una infraestructura premoderna, y por tanto, el mantenimiento
de esquemas tradicionales de interpretación de la realidad, impiden una
verdadera mutación de la interioridad, ya que el solo hecho de rememorar lo
arcaico mediante los signos excéntricos del cosmopolitismo, no consolidan
exitosas experiencias de desarrollo individual. Es más creo sostener que los
simulacros que fabrica la maquinaria audiovisual amedrentan el progreso
material del sujeto, en la medida que la lucha por el reconocimiento social
resulta más importante que la lucha por la erradicación de la desigualdad
social.
En suma: el discurso del desarrollo
que promueven los agentes extranjeros se sostiene en la medida que la
diversidad étnica hace efectivo el crecimiento económico. Pero se vuelve una
trampa ideológica que desintegra la vida social, pues al querer fundar el
modelo de acumulación sobre bases micro sociales, se enfrenta a severos problemas de adaptación socio
psicológica. La gestión del caos cultural, y por consiguiente, del caos
organizativo sólo es viable en la medida que la socialización acapara
legítimamente políticas de compensación social. Sino existe una programación de
las condiciones sociales que hacen posible la creatividad de las fuerzas
históricas, será difícil domesticar la salvaje penetración capitalista, y por
tanto, será difícil adoptar auténticas relaciones de convivencia moderna.
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