sábado, 22 de abril de 2017


El sujeto y la máscara.
Hipocresía y cultura en el mundo contemporáneo.

Ronald Jesús Torres Bringas.
ronsubalterno@gmail.com



Una perdida del origen.

Es irrelevante preguntarse sobre las consecuencias negativas de la mentira y el cinismo en el mundo actual. Lo valido es cerciorarse como se originó esta manía espiritual  en el mundo moderno, y como de cierto  modo imperceptible los grandes sistemas de conocimiento, y sus aplicaciones prácticas en la realidad social y material, no son formas categoriales y juiciosas de acercarse a los subsuelos de la verdad. La premisa de la que se parte es que no hay nada que subyazca en realidad a las grandes ilusiones, sino que el sentido del que parte la acción social, es ya por si misma una lectura aproximada, una interpretación sesgada del movimiento objetivo de la realidad inmediata. Cuando se nombra objetividad se quiere mencionar algo probado, y que resulta existente para los ojos. La razón en ese sentido, es un arma para brindarles seguridad a las personas, un gobierno de control y de orientación, que persigue estructuras más o menos regulares en el mundo para cobijar la reproducción de la vida social, y permitir la supervivencia de una civilización signada por el miedo, y las ansías de poder.

La búsqueda de la verdad ha descansado en el interés perpetuo de vencer el miedo a lo incomprensible, a aquello que se teme pero se siente atraído. Cuando un mundo sagrado se hace trizas, o se percibe que en él las orientaciones rituales naturales se deshacen, la inteligencia sacerdotal busca nuevos fundamentos y crea la ilusión de que el caos de impresiones y discursos es perverso y muy peligroso para la conservación de la especie. Hablar de verdad es ya por sí mismo el interés de dominar y modificar la realidad en base a ciertos presupuestos, es un modo de negar la transparencia de los sentidos y de los desnudamientos cuando estos son señalados con envidia. Conocer ha sido un atentado en contra del espíritu, cuando las reglas de la indagación tuvieron que hacer de lo cercano y lejano cosas inanimadas sometidas a la auscultación, mutilación y alteraciones irracionales. El lenguaje, y las formas más sofisticadas de teorización son preocupaciones obsesivas por someter la plasticidad de las cosas vivientes, perdiéndose el acceso claro a su naturaleza. Hablar de verdad, y de conocimiento es ya un acto de sometimiento a lo distinto, a lo que no se entiende, más que una iluminación a las regularidades que el mundo expresa, pero que ha profundidades de mayor complejidad no existen. En ese sentido nombrar por semejanza es un acto de seguridad frente a lo que resulta misterioso, y  la vez una forma de imposición homogénea que empobrece y que define un mundo que cambia, y que no se percibe como tal.

De ahí que la develación de lo oculto, de lo que no se constata este obstruida por un lenguaje inapropiado y que se comporta como mecanismo cultural de dominación. Las ilusiones y las mentiras de las que parte la certidumbre de lo real, no son sólo como piensan los maestros de la ideología artefactos que esconden la dominación de clase.  Son estados de ánimos reactivos, falta de honestidad por aquello que no se entiende, se aborrece y se desea. Ocultar una gran verdad parte del sentimiento de no soportar la responsabilidad de querer mejorar. Donde pesa la obligación de expresarse con vigor y desenfreno, se provoca una fuerza negativa que hace del orden social, y las relaciones artificiales de poder formas convencionales de esconder la negativa a vivir, y el miedo horrendo a que otros lo hagan. Justificar la pobreza de la vivencia se representa con la moralidad de denunciar lo distinto y de lo que se atreve a la creación.

Pensar es entonces un acto arbitrario de identificar las cosas que nos rodean con un proyecto hegemónico de poder, con una conciencia y un estado de ánimo aterrorizado. Pensar es un poder de conocer que somete la pluralidad de lo real de modo superficial y heterónomo, y que no le importa respetar las emociones que emana de aquello a lo que no se escucha, y no se entiende. Ahí donde hay más poder de modelación sobre la realidad, hay mayor impotencia y anarquía. Conocer y guiarse con ese conocimiento es un acto de ceguera, una desviación y alejamiento del corazón de las cosas vivientes a las que no se escucha sus gritos de desesperación. Cuanto más se conoce más se prevalece pero menos se ama lo que se rodea. La razón sostenida sobre evidencias que se repiten y que evaden el desgobierno, es como una linterna queriendo alumbrar el cielo de la noche negra, y persistir con obstinación en esa miseria. Desde que se abandonó erróneamente lo sagrado, el poder del saber conceptual ha descansado sobre el reordenamiento neurótico de una realidad que no posee ninguna lógica, y de la cual no se deriva ninguna regulación técnica, sólo dominio y mayor anarquía y enfermedad.

La oralidad y los conceptos.

Pensar y actuar sobre la realidad eran parte de una misma sensación, y actividad sobre el medio circundante. No había ese principio determinante de causalidad en el examen de las cosas vivientes que rodeaban el mundo del hombre. Antes que buscar regularidades provenientes de un pensamiento identificante, se actuaba por corazonadas, por vinculación instintiva con el medio, y la tierra a la que se pedía consejo. Las culturas y pueblos accedían al saber por medio de las recreación permanente y religiosa de sus mitos originarios y de consagración afectiva sobre la naturaleza y sus misterios amigables. No pensaban lo que hacían, sino que cada acción práctica era una contingencia creativa integrada al paso cíclico y eterno de las cosas. Y la resolución de un problema o la acción ejercida sobre el medio era una extensión intuitiva de los flujos y energías que el cuerpo concebía en relación a la naturaleza. Antes que explicar se ejercía una especie de intuición musical de las cosas vivientes que rodeaban a las poblaciones, y toda la supervivencia de las culturas dependía de que tanto escucharan y se conectaban emocionalmente con el medio al que no se entendía en términos de espacio y tiempo.

Ahí donde hay afirmación de la vida, donde hay contacto emocional y festivo con la tierra el pensamiento que actúa sobre la realidad es un campo de redes interminables y sensoriales de información inconsciente, donde el sujeto se sumerge, y en su defecto hace de los grandes peligros de la vida un tema susceptible de contingencia a la que se resta importancia. Cantarle a las cosas y desarrollar por acumulación de conexiones vitales una memoria interminable de los orígenes sagrados y de los saberes ancestrales de los pueblos, conduce a un saber que se comporta como música, y es más que sensaciones empíricas, sino un holismo de imágenes infinitas que se transmite de modo oral. Ahí donde no hay nada que subyazca, no hay necesidad de no actuar con sinceridad y alegría. Un estado de ánimo en el que se ve el espíritu en la piel y en el rostro sólo puede producir un saber como acto de recreación orgánica, como un registro inconsciente de felicidad y de que las personas son genuinas y ven con todos los sentidos de modo integral.

La descomposición de estas sensibilidades religiosas fue interpretada como un acto de confusión cósmica, como un derrumbe peligroso de las redes emocionales y los universos afectivos que las culturas habían construido. El colapso de este espíritu terreno al que se llamo mana, y en el que las impresiones fácticas de la realidad posterior como espacio, y tiempo no caben, no fue precisamente un colapso. Sentimientos inferiores que habían quedado rezagados en estas emanaciones exteriores de energía percibieron que el caos abrumador que se intensificaba no era armónico, sino una amenaza para la supervivencia de lo sagrado. Ahí donde la mutación del mana se volvía poder creativo, la repetición de la memoria oral se interrumpe, y se cae en la necesidad de corregir a la sagrada tradición del origen. Esa interferencia se ejecutó como un reordenamiento político del espíritu. Lo estético como experiencia divina se sintió como inicio de la muerte, para los inhibidos, para los débiles.

Ahí donde había necesidad de poseer y sentir amor, los que sintieron la finitud del alma, abandonaron el saber de los sentidos, y abrazaron torpemente la seguridad de los conceptos, y del poder del verbo. El poder de la verdad, y su forma fáctica de conjurar aquello que no se poseía y se deseaba, a lo que se temía y a lo que se aborrecía, fue llamado filosofía, ciencia, política, la ciencia de los que interpretaron la lucha festiva y ritual de los cuerpos como un acto de injusticia y de violencia pura. La búsqueda y administración del amor hacía las cosas se convirtió  en negocio de especialistas y magistrados. Amor fue identificado con mesura y equilibrio. El poder es un acto de impotencia inmanente que nos alejó de lo sagrado. La envidia hacia la vida que no se tiene, se convirtió en contrato, y en normas comunes. Ahí solo podía residir la decadencia del todo, y la muerte de la trascendencia a través de la piel que se atrevía a todo.

La gripe del cuerpo natural se convirtió en un acto de desarraigo colectivo, un cáncer interminable. La salida accidentada de los sentidos, de la inocencia inmortal depositó la seguridad de la vida en el conjuramento represivo del lenguaje. Las imágenes que se presentaban como dimensiones envolventes de una piel que recibía sin detenerse las impresiones amigables de las cosas vivientes a su alrededor se trocaron por un acto de control obsesivo en metódica, disciplina y registro organizado de datos de la realidad. El concepto hizo de las imágenes, destellos visibles probados y lógicos de una existencia que pensaba su exterior. Eso incremento el control e influencia sobre los cuerpos, pero detuvo el diálogo con dimensiones plurales y sagradas de la vida en las que el hombre es una especie de unificador natural. El poder no es un acto de seducción, sino coacción por intermedio del dinero, el terror, y la adicción. Nombrar se volvió un acto violento de usurpación y de asemejamiento político de los seres vivientes a su nueva clasificación funcional de cosas e insumos materiales. Conocer y hablar se volvió una disciplina de irrespetuosidad ante los seres vivientes, vistos como materia y recursos para una humanidad que se restregó en su poder, como su impotencia ante la falta de sentimientos. Representar lo que se sentía en medio de palabras fue una primera forma de negarse a si mismo, y volverse ciego en la objetividad ante las dimensiones y planos de conciencia múltiples que se desvanecieron por puro orgullo, como por puro miedo y terror a la vida intensa.

Pero el lenguaje fue una manera de conjurar la realidad, de brindarse seguridad ante una atmósfera desolada y amenazante. Pero a la vez los sonidos fueron formas aún plásticas y creativas de jugar con una naturaleza aún rebelde y jugosa. En la medida que las culturas eran redes de energía envolventes y locuaces, cada representación de la realidad, que se dividía y empezaba a verse como espacio de relaciones infinitas eran ya entidades vivientes que morirían en los escritos y registros de cronistas, pero aún eran símbolos vivientes que transmitían alientos y sabiduría. Hablar era un acto de juego, de carga emocional, y de unificación de criterios que aún expresaba un mundo festivo, y a la vez que entraba paulatinamente en el ruido, y en el silencio espantoso de la soberbia estatal.

El campo de relaciones en que se integraba la vida, se fue dispersando. No sólo la ceguera ante lo que se aniquilaba como innecesario para  regular el caos escondió aspectos fundamentales de la vida ritual, sino que la emergencia compulsiva de formas de nombrar las cosas por miedo a perderlas hizo que la realidad se partiera en sistemas, sectores, y partes. Ante la mejor forma de organizar las cosas vivientes que se evadían del poder, la memoria musical en que recaían las formas infinitas de sentir y de ver la realidad se agotó  en el olvido de lo sólo instrumental para la supervivencia. El poder de gobernar el mundo basto, lo convirtió en ámbito enfermizo de dominio y de saqueo, ante el terror de que la naturaleza desalojada regresará a recobrar su posesión estética sobre las cosas vejadas. Arruinar la vida fue una manera de sojuzgarla y de construir un nuevo espacio de protección donde guarecer la identidad ante la enfermedad que se volvió absurdamente en moral y orden político. Cada nuevo surgimiento de plasticidad creativa, de emoción excepcional ha sido sitiado como insumo para la producción, para la arquitectura de una sociedad artificial donde la muerte de la vida es ladrillos para inmunizar a los arrogantes y temerosos de su esquizofrenia ante el mundo del que fueron expulsados.

El lenguaje fue un modo de apoderarse del mundo vital al que no se conocía, sino al que se obligaba a modelarse sin escuchar su riqueza. Hablar conecta, pero también separa, almacena el talento y las creaciones que se pierden. Si hay miedo, desconfianza, y urgencia por prevalecer en una realidad que se violenta, la memoria se interioriza, y es requerible inmortalizar el saber de los pueblos y sus secretos vitales. Ya no se habla a secas, o se confía en la oralidad que se distorsiona en las personas por tener que defenderse de un espacio normado y repleto de guerra. Ante las mentiras que se vuelven dominio, acontece la necesidad de gestionar la sociedad con los secretos de la antigüedad que se olvidan. Escribir acerca de ese mundo perdido, hace del libro una fuente de inmortalidad, de búsqueda de permanencia ante el miedo a morir, y ante la inminencia del accidente inesperado del que se huye. Escribir es un acto de rebeldía, de iluminación en las malezas de los susurros y de las alteraciones de los hechos. Cuando la vida pierde su memoria, los pensadores reclaman la representación lingüística del centro extraviado como un modo de recrearlo y volver a la armonía cultural anterior en tiempos de los Estados tiranos.

 El libro es una carta que conserva la fuerza de una vida legendaria, y  a la vez las historias de emociones que nadie se atreve a vivir. Guiarse con el libro es un acto de educación formal, de escapar con grandeza de un mundo infestado de patrañas y tragedia. Pero a la vez es un rincón para el miedo, para el elitismo de los héroes rendidos. Soñar que lo escrito volverá  vivir, o que se contribuye al crecimiento de la inteligencia con lo escrito es ya un comentario excesivo. Nadie es peligroso con leer o escribir, pues lo que se inmortaliza es ya un medio de rechazo a si mismo, de envidia de lo que si vive. Eternizar lo vivido es un modo de acabar con el, una tecnología de recursos para modificar lo que se resiste al terror. Todo lo que conocemos como técnica y disciplina de civilidad y de domesticación de lo irracional es una institucionalidad para hacer de las letras un negocio que engaña y detiene a los que se atreverían a pensar y vociferar. Ante las urgencias de las multitudes y las divisiones en las que cae la economía de sobrevivir, hallar una verdad traslúcida es un momento extraño de soledad y de grandeza. Lo que se descubre es un sistema de ideas que permite la reproducción del poder, y también su culminación, pero difícilmente la vuelta al mito. Lo escrito es creer que se ve lo que no se puede ver, un acto de secularidad y de miseria científica ante el poder de crear que se vuelve literatura o poesía de jovenzuelos atemorizados. Si la pluma no invita a la palabra que se vuelva piel, lenguaje corporal, entonces el libro es sólo ficción y arte de dominio y de ruina.

Por ello la academia es un medio de consejeros y visires que no han viajado ni vivido más allá del turismo de los libros. Su lenguaje es el sentido de corazonadas infantiles, de conceptos muy superficiales. Registrar lo nuevo con los ojos de la objetividad es hallar lo que se necesita para la producción. Datos acumulados a través del tiempo son formas hidalgas de conservar lo excepcional, pero a la vez advertencias ocultas para que nadie se atreva a volver  unir a las personas. Los consensos frente a los que los investigadores rinden sus descubrimientos, son formas de contener el nacimiento de nuevas sensibilidades hechas ideología, y a la vez espacios para vigilar lo nuevo. Cuando alguien piensa el mundo que rodea con la materia escrita de lo actual, sin sentir eso que esta afuera, entonces cae en repetir lo dicho, de nombrar lo nuevo con las categorías de lo viejo, de simular lo que no se intuye. Cuando se requiere que la vida reflorezca la idea de los especialistas puede ser una forma de estigmatizarla para que no alcance la forma de organización o de proclama. Hoy dolientemente eso que es el magma de lo nuevo, no tiene forma escrita de cambio de realización social, sólo es celebrada como ornamentos para repintar la hipocresía del poder. Pero lo escrito no trasciende hoy, su verdad aún contiene la amenaza de que los dioses retornen, por eso el habla sincera y feraz es devorada  por la imagen, la publicidad y la selva de la electrónica. El ojo hoy esta esclavizado, y sólo se enfoca en flash electrizantes, no tiene tiempo para escapar a su soberbia miseria, pues aligera el dolor con la desinformación, y la ingesta de banalidades.

Ciencia y cultura.

La verdad sagrada no reporta seguridad. Lo escrito que sugería bienestar y seguridad para los gobernados no acapara un mundo, que se hace por el contrario, complejo, oculto, y que se desorganiza hacia la natural anarquía. Ahí donde los sistemas de protección social, los usos y costumbres de la vida social se deshacen, la sociedad se reordena en sectores sociales, con influencias y roles específico. El poder atraviesa a la sociedad, y es el laboratorio y mercado para el uso experimental de lo que la inteligencia hace con el saber heredado de la antigüedad. Ahí donde se pierde toda habilidad para entender la magia, y las transferencias de energía, se hace necesario analizar y desmontar los secretos de la naturaleza para extraer los recursos para la manutención de la sociedad  y así poder conservarla del accidente. Cuanto menos se entiende lo que pasa con la vida y lo que se deja atrás tanto más se define a la vida, y a la materia viviente como meros fenómenos de investigación y de análisis. La lógica del dividir permite separar los elementos del medio ambiente, y mezclar sus propiedades de acuerdo a ciertas necesidades y criterios hegemónicos de poder. Pero es esta tarea no compatible con el regreso a la viviente olvidado hace que las miradas, y las acumulaciones de invenciones e intervenciones sobre esta realidad la desmiembren aún más. El método observa lo exterior, e ingresa al ente, no como ser, sino como entramado al que desconstruir sin saber ensamblarlo. Toda apertura es una perdida de lo mágico y energético que lo uno y lo hace vivo.

La ciencia queda impregnada por el hecho de que los saberes deben obedecer a un fin instrumental y de reproducción del poder. Cuando el interés es sólo funcional, lo que se dice, y como se interviene en la realidad impone una lectura superficial del fenómeno viviente al que se accede, y porque no una estrategia de sólo sobrepujamiento de la realidad. Actuar sobre el cascarón de los objetos, es verlos como muertos y simples, es decir se descarta capturar las realidad más compleja de la vida porque no es relevante. El pensar profundo sobre las cosas, y sus relaciones se deposita en la causalidad de lo inmediato, y se confía en que lo útil para proteger los sistemas sociales es hallar regularidades confiables. Todo lo que no se ajusta a la lógica del método, es superstición  debe ser desechado. La sociedad y sus certidumbres se levantan sobre las ruinas de un mundo al que se ignora, pero que es fuerte. El conocimiento basado en el poder ofende a ese mundo natural al que no se escucha, y construye ciudades y culturas masivas sobre el acallamiento de sensibilidades a las que saquea y devora como fuente inagotable de recursos. La comodidad y la huida del dolor del trabajo se alcanza sobre modelar la naturaleza, desorganizarla, y volverla mero medio de seguridad para el hombre atemorizado.

Ese alejamiento del ser de la conciencia natural, hace que descanse su seguridad en una ceguera, en una falta de identidad originaria que crece como una locura mítica. Busca la integración de la sociedad, pero vive de desintegrarla, de desordenar todo lo que toca. La pertenencia a un medio expropiado y cercado ante el temor del horror vacui, acaba en destruir todo lazo con la tierra, en la mecanización exterior de la vida urbana, y  curiosamente en la metástasis de la cultura, de la que la gente se siente avergonzado. El sentido común se levanta sobre la negación del origen, de nuestros sentidos atrofiados. El instinto de sobrevivir en un medio arrancado a lo sagrado, hace que la experiencia viva en el engaño de ocultar su desastre interno. La violencia es desalojada de un mundo policiaco, pero las inconformidades y las discordias se alojan en la idea de una psicología interior de la que la mayoría se siente orgulloso, como desperdiciado. La herencia genética de los saberes sociales, son sólo convenciones generales que permiten la convivencia, pasan como verdades a las siguientes generaciones. Una sociedad que dice cada vez menos y no vive lo que crece en la piel, extravía la riqueza social para los siguientes períodos, y se apoya con soberbia en películas muy tenues. El  poder reprime para unir y mantener articulado, pero la vivencia se hace menos real, más solitaria, más miserable, pero  a la vez más egocéntrica. La complejidad de lo que no se manifiesta y tiende al olvido hace que la ciencia se escape al control social, y se particularice peligrosamente, en la búsqueda de los secretos no nombrados. Investigar se vuelve una receta para recopilar y armar, sin sentir esas cosas con las que se topa la inteligencia. Se mezcla y se separa con arbitrariedad, generando más desorden e incapacidad del método para contrarrestar a la naturaleza que se vuelve viral y rebelde.

El modo como se ha buscado la salud del hombre cartesiano ha quebrado toda armonía de lo que nos rodea. La simplicidad de la sociedad ha vivido de descubrir leyes simples, que permitían un cierto orden. A medida que el medio es alterado por la ambición de la industria, y por el crecimiento de las ciudades toda se vuelve desierto, pero a la vez se pierde toda conciencia de lo que puede pasar. Cada solución a un sismo, o una epidemia causa mayor daño del que se quiere resolver. Las limitaciones de la técnica hallan su triunfo en esconder en las grandes metrópolis mecanizadas por el poder de la ciencia, la atribulada identidad de un espíritu que se vuelca en la violencia y en el desarraigo adictivo. El cinismo y la cobardía de no responsabilizarse por la enfermedad de la cultura, hace que se pierda todo control sobre la ciencia, la que es empresa de un poder arrinconado por el terror de que lo genial acontezca. La técnica y la producción viven de erosionar la sociedad a toda costa para volver las enfermedades y compulsiones en sistema de consumo. La degradación es un negocio y a la vez un medio de evitar que la naturaleza sacerdotal retorne. Todo talento es encapsulado y previo aviso incorporado. De esta forma vive de la pobreza de los ojos, y hace de su ignominia un estatus profesional. Cada vez es más cierto que los problemas de degeneración celular que ha ocasionado el tiempo de los débiles, sólo se resuelven escondiendo el veneno y enamorando con una técnica que hace del desarraigo y el sedentarismo un máximo placer de felicidad engañosa.

El olvido de sí mismo, o su remembranza en pequeños espacios privados donde se administra con desconfianza el afecto hace que la fuerza vital de una época se pierda en la privacidad de desahogos efímeros. Amar se ha vuelto una técnica, una capacidad de gobernar y de capturar, y con ello los lazos vitales dependen de lo que es el cálculo y la responsabilidad de la mesura. Lo que se ama no se controla se pierde. Lo que insiste en volver al amor, y a la pasión ámbito de dominio basa su captura en el dinero, en la coacción y en el terror. Los cuerpos son objetos deseados, pero no comprendidos. Se los ama como productos de supermercado, pero no se echa raíces, pues el miedo a descubrirse como mediocre y vació de poesía hace que el deseo descanse sobre el odio, y la violencia de un instante. Al esfumarse el amor, o no pregonarse, las personas se separan en el orgullo. Su erotismo actual, y las adicciones en que cae el ser humano para olvidar su falta de completamiento cósmico son formas menos gratificantes de amarse sin límites más allá del alardeo de un mundo frívolo.

El debilitamiento de los cuerpos ante la falta de afecto, y de una intensidad sexual natural, hace que el placer no institucionalizado, en estables relaciones sociales de afectividad y de nuevas familias, se transmita a la violencia y al control oscuro de los cuerpos, que empiezan a hallar en el maltrato una forma de existir. Lo que no se comprende, y se desea termina en fuente de manipulación. Ahí donde las personas han maduramente entendido que las personas no aman para siempre, sino en base a criterios racionales de confianza y de seguridad, el afecto se entrega cada vez menos. Se evacua por una vida descontrolada y adicta a lo nuevo, como forma de olvidar de que se quiere ser genuino. Ver a los cuerpos como objetos de placer, hace que no se entienda que somos, y que son los hombres y las mujeres. Se dice lo que se quiere escuchar, como un hechizo, pero no importa lo que se conquista. Cuando las personas han interiorizado que lo más melifluo e irónico depende de mentir, sin tener intención de quedarse, las personas ponen muchas exigencias, y los sexos se separan, entran en guerra. Hoy el medio técnico de consumo y la ciencia de la psiquiatría viven de esta separación que se ha dicho evolutiva. La promesa es juntarse, luego de inmunizarse frente a un medio despersonalizado, confiando en que el prestigio y el poder de la educación resuelvan por uno los mejores partidos.

El amor es un producto que se entrega a los que se esfuerzan, pero no sus corazones intactos. La atracción no se basa en la educación, ni en la sabiduría, es algo que debe estar libre de todo juicio. Lo estable no puede controlar y enseñar a seducir y ser seducido, es un arte que depende de que la piel cobre autonomía. Lo salvaje, y como se presenta en comportamientos es lo más estético. La pureza reclama la sordidez y que todo sea subvertido, devorado. Lo que menos es domesticado atrae la locura, pues concentra una brutalidad natural que cautiva. El orden de los roles de género sueña, con el caos originario. Educarse ha sido una forma de echar prejuicios y miedos sobre nuestros cuerpos. La seducción no posee formas ni lenguajes en su esencia real, es sólo magia del que se atreve, del alquimista que halla los ingredientes secretos. El destino es no pensar lo que se ama, sino fusionarse. Esto no se puede tecnificar, pero resulta un arte, que es la proyección de un cuerpo que piensa más que con los ojos. El poder más noble y más peligroso es saber amar en todas las regiones. Amor y erotismo no deben estar separados, ello comunica miedo, y hace pensar que las personas se aprovechan de que las amemos. Amor es poseer, sólo así se puede llagar al siguiente nivel que es contagiar la pasión social, y romper con lo privado. Lo que se posee con ferocidad no se violenta se invita a la perdición consentida, solo así el cuerpo comunica su liberación hacia el querer. El cuerpo es cuerpo sólo cuando retoza, ahí es sagrado, y se vive con todas las dimensiones de la vida. Quien se avergüenza de su cuerpo, recurre a la calumnia, y al poder, a la moral hipócrita, y por tanto no es escucha la magia de los mitos. La mayor espiritualidad del que se busca con autenticidad, del que no vive en le cálculo y en la máscara de lo social alcanza un deseo ingobernable. Lo más deseable es aquello que emana amor, no lo que sugiere astucia, eso es miseria.

La ciencia con su técnica de dominio ha arrancado a los hombres del gobierno sagrado del mundo. Por ello inconscientemente se hurgan como esclavos que no se comprenden pero se desean. Eso sólo puede hablar de un placer despotenciado en que las formas extrovertidas de darse, son formas de venganza ante el amor que no llega. Las nuevas formas de identidad sexual que proliferan viven de negar que exista el amor, y toda su confianza reside en la anarquía empobrecida de la industria del sexo. Programados en su ausencia de cariño y de afecto, el poder puede hacer de la técnica de dominio un oficio liberado de toda rendición de cuentas. Degradado en la perdida de sentido y equilibrio social, puede asegurarse que de la división violenta de la humanidad aflore un laboratorio gratuito sobre la naturaleza reproductiva del hombre y de la mujer. El ingrediente secreto que permite un control mágico de lo existente reposa en que lo excepcional sea descubierto, ante  tanta banalidad orgullosa. Lo que imprime aire a lo reensamblado puede garantizar la evolución de los poderosos, a un siguiente plano de conciencia creativa. De la genialidad de los que se sienten inconformes nace toda sofisticación de la técnica de dominio, y nuevas vetas de investigación real. La ciencia quiere intuir, y pensar más que con conceptos, quiere hacer del saber pleno técnica mejorada y productiva. Pero lo distinto no obedece a procesos y métodos de control, sólo quiere incrementarse, y anegarse. Lo que es libre debe ser estigmatizado, persuadido de su locura, pero lo que concentra lo vivo se las arregla para hacerse voz, o piel. El mayo riesgo para un mundo sitiado es que lo libre haga de la seducción salvaje e espiritual una forma de remoción de las emociones bloqueadas.

 Lo genial busca conectar las almas, impregnarlas de un aire, y fragancias que rompan las jerarquías, y los feudos aristocráticos. La verdadera  meta de la ciencia debe ser unirnos, así como proclama indirectamente el arte sedimentado en galerías y bienales. Lo que podría redefinir nuestra actitud hacia las cosas vivientes y las personas se mantiene encerrado, o administrado como arte o ciencia de poder. Pensar científicamente es preocuparse de la reproducción de una sociedad que se ha distanciado de su reinserción en el cosmos. Los caminos de nuestra ciencia es apoderarse de las formas de racionalidad mítica que no importaban; de ese modo neutralizan su probable sublevación, y de ese modo nutren a sus desiertos industriales de nueva savia para la producción inclemente.

La ciencia no investiga lo nuevo, lo que  conduce al progreso, sino que mantiene lejos del bienestar social los secretos a lo que ha accedido en los últimos tiempos. El estancamiento que vive el mundo de hoy, hace de la falta de comunicación y de cercanía, terreno para las tecnologías que nos desvían de hallarnos en el cosmos. Lo virtual es ser tragado por el olvido del cuerpo. Con esta programación la ciencia, y el sujeto moderno se aseguran de desnaturalizar lo que nos rodea, y sostener al capital que en esencia vive hoy del saqueo, y del filisteísmo financiero. La matematización de la ciencia, y el financiamiento interesado de investigaciones, campos del saber y sistemas educativos precisos, por empresas multinacionales, son expresiones de que se busca el origen de las cosas para volverlo fuente de energía. No escuchar nuevamente a la naturaleza sería no poder evadir el nihilismo en que ha ingresado, y reforzar el extrañamiento en que se vive actualmente. Un método único, y por lo tanto un sistema de gobierno único que es la democracia, acaban en el colonialismo científico y tecnológico, y no en la reapropiación de lo llegado. La vida que se rebele no sólo es una explosión cultural que inunda la realidad, debe osificarse en técnica y orden social. Pero estas no serían las palabras, pues las nuevas emociones liberadas cambiarían lo nombrado. La ciencia ya no busca la observación desinteresada, o el determinismo, ahora comprende y trata de saber que es lo que permanece vivo y nos une. Pero aún le falta la sazón, y eso sólo es algo entre la tierra, y los seres que nacen en sus fronteras. Lo nuevo no puede ser fabricado, sólo puede ser reprimido, y luego copiado.

La ciencia y el poder que la financia, han desviado la inteligencia y el amor por los secretos del universo de las grandes intenciones. No sólo se han levantado sistemas ortodoxos, y medios académicos para contener en cada tiempo colapsado el germen de lo nuevo, sino que el control de estas ideas mediocres y ruines han permitido el desperdicio de grandes amores y romances de la juventud con la tierra y todas sus riquezas. El amor por la vida, ha hecho que la injusticia haya sido desafiada con recetas y pathos ideológicos que han destruido toda sustancia de lo vital, y la promesa de cada generación, arrinconándola en el odio, y en los sentimientos de desobediencia y anarquía. La fuerza de la vida ante la ceguera del poder al que rebaten, ha caído presa de una gran decepción, desidia y de interpretaciones sesgadas del mundo que a lo único a lo que han conducido es a más represión y delincuencia. Las formas necesarias de las que parte todo sistemas de degradación y de consumo humano, han requerido la rebeldía no pensante y no sintiente para generar ofertas y consuelos adictivos. La fuerza de la domesticación sobre la libertad humana ha partido no del control conspirativo del poder, sino sobre todo de los fantasmas deshonestos e irresponsables en que se solaza el rebelde para negar el sistema. La falta de honradez para hacerse una vida de modo autentico ha generado el resentimiento como teoría del cambio social, cuando no se sabe en que usar la fuerza que nos secuestra como singularidad. El no abrirse hacia más cosas que pensar, ha hecho que el conformismo, se vuelque en retórica bohemia, y con ello en un negocio de mata-talentos. Las disciplinas y los campos académicos de los que parten estas utopías de falso progreso han sido y son formas de encubrir la real naturaleza del poder sobre las relaciones humanas, y porque no sistemas de envidia y de ira para que lo nuevo no nazca y el rostro mítico de lo genial no acontezca. Lo peligroso no puede provenir de estas interpretaciones y medios académicos, eso es absurdo. Confundir información con genio es tanto como hablar maravillas del mundo observando una postal o leer una revista de consultorio. Lo alternativo proviene de lo excepcional, y de como este sale de las sombras y del hedor más inconcebible. La liberación provendrá del exterior.

El despegue de la ciencia hacia los límites ignorados del poder, ha generado en las disciplinas asociadas a ese propósito campos del saber del desperdicio, y sistemas de productividad inservibles que permiten el desfogue de las expectativas de progreso social. Estos sistemas de conocimiento, y la información que usan han reportado el principio de realidad actual basado en la economía de servicios y en el trabajo desregulado. Su objetivo es la creación de vidas desperdiciadas, y el ocultamiento de una lógica secreta de poder y ciencia de alta tecnología que se ha liberado de todo control de la sociedad.  Su espacio impensado de exploración y de experimentación son las áreas de menos regulación de la vida social, que han escapado a los rigores de la programación política, y que son los rincones de recreación que la vida haya para prevalecer en medio de la guerra objetiva. Esos campos ya no se detienen en el examen de la vida inorgánica, sino que son temas de investigación que corresponden a las preocupaciones de la física cuántica, las energías biológicas y las plasticidades esotéricas de la psicología humana. SE busca controlar lo que se resiste a la vigilancia, y volcarlo de modo bélico para conservar lo heterónomo que nos rodea. La programación de la vida ya no descansa en la coacción, sino en la manipulación indirecta y ruinosa de la vida social en la que se basa la emergencia de sentidos y nuevas energías creativas originarias de lo que escapa del dolor social. Los descubrimientos y aplicaciones de estos campos de la nueva ciencia garantizan un control más sutil de la vida que sucede con libertad, alterando los fundamentos del medio ambiente, a un nivel tan superlativo e imperceptible que las desestabilizaciones que se provocan son el riesgo latente del que parte la locura de alta tecnología escondida de los poderes actuales. La descomposición esquizoide de la realidad abre paso a nuevas dimensiones olvidadas por la razón política. Es un acordarse de la magia y de lo viviente para contagiarlo de la espuria técnica y volverlo negocio para desarraigados vitales, y a la vez aprovechar la insurgencia de que lo nuevo no se vaya por otra alternativa. El poder productivo parte del desequilibrio que incide para retornar a un nuevo equilibrio.

La máscara y la cultura.

La gran decadencia en la que ha sido devorada la vida ha buscado volcar todo lo interno que se ha escondido y olvidado en osificaciones productivas para aparentar por fuera una seguridad y una sofisticación que no se posee. El olvido del ser, del que habla Heidegger, en pos de hacer de la savia de la vida una concretización tecnocrática de certidumbre y  protección ante lo misterioso que sigue vivo ha hecho del milagro de la creación el combustible de un sistema de relaciones artificiales que no cesa en su hambre de expropiar y aglotonarse. El terror ante la sensación de que el accidente y el acoso de las enfermedades se escabullan favorece la multiplicación de los sistemas de control, así como la reacción natural de que la actividad vital de las personas se inhiba de expresarse y expandirse. El miedo que es la base del poder, así como el origen de que la conciencia se arranque a lo que siente,  hace que el desastre en que queda silenciada la cultura que nace y se forma, quede petrificada en inventos y en sistemas de producción estandarizado que devuelven en vez de realización de lo sentido falsos nutrientes y quietud adictiva. La urgencia de que lo que late en la piel, y que no sale se puede liberar de la represión con que se define la identidad hace de la madurez en un encubrimiento de estrategias y de artefactos personalizados donde la salud y el juicio es un acto de incansable reafirmación como ilusión auto-motivada.

La persecución de los sueños sólo por vehemencia y con las armas de un mundo esclavizado por la creencia en lo fáctico que oferta control, hace que la magia se reproduzca como una simiente condenada al uso estandarizado. En lo producido el hombre aterrorizado halla el sueño de que lo único y excepcional permanezca como forma eterna de felicidad, como supermercado de piedras filosofales. La obsesiva marca de la separación y la mezcla indiscriminada en que cae el mundo producido, ofende al mundo sagrado en que respira lo empobrecido y sintiente a la vez. La soledad de una singularidad que no concibe su propia expansión más allá de un mundo condicionado y de seguridades publicitadas  no permite a la persona que se busca conocerse con honestidad. Aquietado por un espacio sentenciado a la rutina y al hambre global de estupidez, ignora la fuerza de su milagro acontecido. Debilitado entre impulsos y emociones que no cuajan,  como remedios venenosos ante los que rinde sus humores dolientes las personas huyen de su propia autenticidad poética. Su universo vive dormido y desconectado de los otros. Cosificados, idos de sí mismos, y sordos a los que se lleva como trayectoria de huellas y recuerdos las personas son sólo mundos extraños a los que se desea sentir y vibrar, pero a los que se tiene miedo de verse en un espejo. Lo mágico vive ahí en cada potencia que camina y respira, pero el conformismo ante lo que no se ve, y el miedo de que lo que más añoran los golpee cuando los confronte con su gloria soñada, los engarrota en el hábito de tragar miseria y autodestrucción. A cada época acumulada de no haberse completado se le agrega la emergencia de milagros atrofiados donde la responsabilidad de desenlazar lo que se ha enterrado vivo late como una herencia sangrante que no oye más que patrañas organizadas.

En los orígenes la unidad de las cosas era sentida como un universo en que las dimensiones, y los elementos inundaban algo único y a la vez infinito.  No había la sensación de algo lejano, y condenado a la muerte. La materia era algo viviente e integrado a impresiones que se conectaban y se desvanecían en un universo sagrado y musical, todo cabía en un punto pulverizado y a la vez se sentía la intensidad de un paisaje interminable y que nos sorprendía con muestras de creatividad y de invenciones inquietantes. Nuestra singularidad era un milagro acaecido en un océano sagrado de múltiples formas y dimensiones que se entrelazaban y que envolvían a la vida y a los instintos en una mansa corriente de energía. El mana que animaba el todo nos expandía, y nos acogía en la humildad de que los tesoros del mundo se hallaban presentados sin misterio, y conectados como niños traviesos en junglas sonrientes. Éramos el mismo río sintiente del devenir, y por tanto no teníamos conciencia de las formas y del modo de nombrarlas. Sentir era algo que nos atrapaba en el todo, pues éramos algo que sentía el todo, y lo que se creaba se sumergía en la inmensidad de una interminable y repetitiva  armonía indescifrable. El sueño y la realidad, el espacio y el tiempo, las palabras y las cosas, eran sólo flujos, y agregados de huellas y de impresiones que nadaban en la complejidad de una inexplicable inocencia. Sentir el todo era amarlo, ser tierra y magia a la vez. Lo singular, y el hecho de que se respiraba y andaba, perseguían acontecer en la universalidad de emociones que se conectaban y que amaban estar en todas partes y desaparecer de todas partes. Crear y desear eran la misma cosa, ya todo estaba ahí y nada se escondía. En esa eterna ignorancia del todo se era por el contrario vivo.

Advertencia: Nombrar y hacer que imaginen este origen mítico es ya una falta de respeto y un atentado. Haber olvidado y sólo tener melancolía de nuestra grandeza perdida, a través de palabras es ya un hurgamiento patético y estúpido. Desfigurar las cosas, es sólo un resultado de invocar lo que se ha extraviado a modo de imágenes visuales, y teorías insensibles; hay que ver y probar para que se le declare vivo, y existente, ¡es un buen chiste!  Lo que no se comprende y se le teme ha generado que las grandes verdades hayan provenido de exageraciones, conceptos vacíos, chismes, y calumnias para matar lo que no se permite vivir y no se puede sentir. Nombrar algo que surge es destruirlo, desconocerlo, controlarlo y volverlo insumo de un mundo producido, donde apropiarse y tecnificarse es la obsesión por escapar al naufragio, a la soledad de no escuchar nada, y que se habita entre escombros. Nombrar algo y no renovarlo es  la adicción del homo sapiens de volver piedra y fierro todo lo que le rodea para protegerse e ignorar que se esta enfermo de conocimiento. Al final la nada es la amiga de los que no miran de frente, y no aman.

Perder esta inocencia original ha generado todo lo que se ha considerado, ¡qué gracioso¡ un avance cualitativo. Aunque este es un tema que amerita otra historia (tema de otro ensayo), quiero sólo decir que la orfandad en que se halla el mundo moderno es un resultado de un enfermizo desarraigo del hombre (perdonen el insulto) con la tierra y consigo mismo. No escuchar, ni conectarse con las cosas vivientes que le rodean, y creer que en ello se basa su poder es desperdiciarse, enloquecerse. Buscar la sanación en una jungla de significados y representaciones publicitarias, es sólo prepararse para sobrevivir, cansarse y llenarse de hastío ante la vida que no vivimos.  La inteligencia de los exiliados es escapar al dolor con la que protesta su esencia menospreciada, en la comodidad autista de las ciudades, de sus ilusiones depresivas y de tecnificaciones espectaculares. Alejándose de los secretos del universo por no tener el valor de escuchar nuestros propios corazones, el hombre se restriega en la soberbia de los desiertos industriales. Sin saber que esta indiferencia ante nuestras potencialidades nos empobrece y a la larga nos hace olvidar que el cáncer del mundo moderno, proviene del miedo a desnudarse y sincerarse en todos los rincones.

Esa obstinación y engreimiento al no reconocer que la falta de amor a las cosas y a la vida, es lo que ha fortalecido la religión de las mentiras, favorece la cosificación de las personas. Negarse a buscarse y a mejorar, lleva a la irrelevancia del otro como fin de sí mismo. El que no se enfrenta, y no es honesto consigo mismo, miente para aplastar el avance de su insignificancia y de su terror crónico. Halla en la mentira y en la simulación, en la celada y en la diplomacia una forma de saciar sus apetitos sin tener que responsabilizarse por sus sueños y obligaciones frente al mundo inmediato que le rodea.  La suplantación y el hablar a medias, llevan a la desconfianza y al placer de abusar del otro. Quien no es lo que dice, quien se atemoriza ante el hecho de ser conocido o desnudado al final se vuelve despreciable e incapaz de oír su misión en la vida, se vuelve la mentira y el maquillaje que ha montado de si mismo. Toda la habilidad de la supervivencia y de pasar desapercibido frente a la sociedad conduce a la enfermedad de convertir todo en ámbito de dominio y de un antagonismo criminal.

No  expresarse es lo mismo que odiarse a sí mismo, pues quien no se proyecta en el mundo en el que vive se atrofia, y queda preso de las mentiras que ha fabricado para no sufrir y sin embargo, controlar  lo que más ama, sin que logre despertar jamás ese amor que tanto busca. No sólo el poder y sus elites odian al mundo al que desean, sino que su dominio parte del miedo de que los subordinados descubran sus potencias sensibles dormidas. Su control se nutre de la obsesión de que las personas se preocupen más de la seguridad ante el terror que nos acecha, que de redescubrirse en contacto con los otros y las cosas vivientes que le rodean. Ingresar miedo a la vida acrecienta el deseo sobre aquello que requiere espontaneidad para conseguirlo. Hace que las personas se vuelvan más hambrientas, y por tanto más necesitadas de espiar y cosificar al otro para apropiarse de las adicciones que no sacian su apetito. Su obsesión por escapar al dolor hace que  prevalezcan modos alternativos al amor al que se teme, modos que acrecientan el olvido de sí mismo, así como un inevitable desprecio ante aquello que es más vital, y por tanto hacia sí mismo como persona incapaz de crear amor real.

El avance de la nada sobre las cosas es no sólo el error o intransigencia de sólo nombrarlas sin querer en realidad conocerlas, es en esencia la sordera o ceguera ante el hecho de que la vida completamente cosificada y perseguida huye de nuestros propios corazones, porque no queremos inevitablemente conocernos más allá de una chata razón que nos imprime odio ante nosotros mismos como ante la vida inmediata que nos atemoriza, pero a la que deseamos con insaciable afán conspirativo. El accidente de que amemos nos enfrenta contra el doble desafío de no sólo superar las limitaciones que nos derruyen por conservar al ángel que lo sagrado puso para nosotros en este infierno, sino sobre todo ante el descubrimiento de que cuando amamos a alguien más allá de nuestro torpe envoltura de egoísmos nos topamos sin desearlo con la tarea de amar al todo que nos rodea, de incrementar nuestra vida y con ella contagiar a todo el universo de esclavos de una nueva fe intramundana. Concientizarnos no es parte de una historia objetiva donde el mundo halla coherencia en la medida que desoculta las nefastas relaciones de poder que nos desperdician, sino un acto de intencionalidad agregada donde cada quien se busca en relación al otro por un acto sagrado de crecimiento espiritual  y de aprendizaje de lo que la vida nos obsequio para realizar. En la máscara, en lo privado los homo sapiens viven desgarrados en la soberbia de un mundo producido, donde se cree hallar sosiego, y a la vez en un alma esquizoide donde los sueños quedan mutilados en miles de adicciones y  apropiaciones, donde la cabeza ya no reconoce lo que desea y sufre de su propia falta de honestidad. Los sueños olvidados quiebran la razón y nos alejan de escuchar las potencias dormidas que nos constituyen.

La historia de la mascara es la historia de una gran abstinencia. El poder ha basado su fuerza en hacer de la enfermedad y sus epidemias afanes vibrantes. Los suplicios que proceden de una gran sordera y terquedad han asfixiado a las personas entre jardines de compresas  y relajantes. La ignorancia de lo que cada época hace surgir, así como la negligencia de lo que cada época no enfrenta y no desoculta refuerza el dolor originario del que se pretende escapar. La indiferencia ante el dolor, la tolerancia ante el accidente del que se acoraza desvía a las personas anhelantes de bienestar a los parajes del funcionamiento y del conformismo alucinatorio. El olvido de lo que se es lleva a la desorientación de cómo llegar a ser lo que se puede ser. Desconectarse de lo que está vivo es arrancarse de lo que requiere para existir, es volverlo atesoramientos y propiedades para una apetito insaciable de confortes y estupefacientes. La fuerza sobre la enfermedad es negar lo que nos acecha, aislarse, alejarse de lo que nos daña. La salud es saquear y rodearse de pertenencias incalculables para sentirse que  se existe. Se es lo que se posee, lo que nos avitualla de apariencias y poderes para maquillar nuestra originaria impotencia. Es un modo de olvidar las heridas y cicatrices  La madurez de lo vivo reside en alejarse de lo auténtico de lo que grita como sueño sagrado y nuestra amistad.

La propiedad material, lo que se cosifica, es la forma de inmunizarse ante el acoso de lo insalubre, es descansar plenamente de jornadas llenas de simulaciones, oficios agotadores e insignificantes para poder prevalecer como material viviente, como pieza de trabajo. Estar exhausto o estresado es la prueba de que la supervivencia en la maquinaria consiste  en alejarse de lo que nos constituye como fuerza vital. Mantener vivo el cuerpo como herramienta de trabajo es atentar en contra de los sentimientos y sueños personales. Dejar de soñar es envejecer y protegerse en un medio doméstico donde lo vivo se limpia y se prepara para nuevas jornadas de lucha y de hipocresía. Uno es los objetos que le rodean, los medios inmunizadores donde se resguarda, las esferas higiénicas donde se esconde de los vientos huracanados de infección y de descomposición en que se ha convertido la sociedad resultado de una abstinencia y terquedad originaria. El desequilibrio de las personas en los medios sociales es un ser consumido en los medios de producción en los que se gana el pan, en los que se enriquece o empobrece. Dormir e incluso reprimir los sueños donde se descansa de un cuerpo instrumentalizado es volver al mito originario de donde nunca se escapa, pero al que se menosprecia como visiones de un sistema nervioso que  sólo desfoga e imagina. Los vestuarios y los medios protectores de los que vive lo que no quiere vivir con originalidad, es el laberinto de máscaras y de camuflajes materiales de los que hace dinero el mundo económico. El mundo civilizado lleno de tecnificaciones en curso y de espacios repletos de limpieza y espectacularidad es la cumbre de configuraciones y esqueletos donde el alma colectiva es deshecha en innumerables soledades y disfraces audaces. El dolor en un mundo de espacios desencantados y racionalizados sólo es combatido a base de una gran distracción o de un empoderamiento oscuro que parasita y vive en paralelo al mundo saludable de convenciones que todos hablamos.

La mentira como la máscara de la actualidad vive de una atmósfera donde las personas se hallan separadas e irreconocibles, donde el poder para no estar sólo y alimentarse de lo esencial parte de una gran desconfianza como de la necesidad compulsiva de vivir en creencias idílicas de desinformación y estupidez auto-consentida. Ser lo que se pone uno para seguir respirando es o hallarse en las circunstancias peligrosas de nadar en los submundos oscuros y aberrantes desde donde se maneja realmente el poder, un mundo donde el nombre no existe para controlarlo todo, o por conformismo blando residir en relaciones idílicas y despreocupadas donde la frivolidad como el cuerpo buscan el estar en forma para consumir o ser consumido con la astucia más cosmética.   Ambas máscaras agitan un poder que requiere el escondite y las trincheras ya naturalizadas como forma de ser o conducta, y su génesis es propia de la decisión como del cinismo para desconocer con rabia y educación la misión natural y sagrada de saber amar lo que nos rodea. En estas culturas que se traslapan el cuerpo y su acceso complaciente es el destino como negocio y como supuesto opio que nos da salud y reconocimiento. La privacidad como premisa para existir es la clave para adquirir la seducción que no se tiene. Hoy una sociedad que no escucha y que se excita con lo que apropia, es un habitual comensal de estos mundos de la posesión corporal donde la decencia al ultranza es la única base de personalidad que se puede tener para no avergonzarse de insignificancia progresiva.

Desde que lo moderno y la soberbia de los socráticos persuadieron al mundo de que la naturaleza y los sentidos son peligrosos para la supervivencia de lo humano las sociedades han fabricado camuflajes para obtener poder como para conseguir salud. Una primera ilusión de ello lo conocimos como la idea de un misterio religioso único, que fundó el monoteísmo de los desiertos. Esta tendencia se modelo de forma secular con la filosofía y el magma de la verdad oculta. Estos son lo amaneceres de la ideología. La sociedad esta repleta de nociones vulgares y de mentiras convencionalizadas que no dejan paso a la objetividad pura. La ciencia y la sospecha de que el sentido común esta impuesto por los poderosos que nos engañan para prevalecer parte de esta premisa: todo tiene estructura y hay que descubrirla para reordenar el mundo vacío de orden y de salud. La modernidad y su cruzada en contra de la superstición y la inmadurez han bebido de esta urgencia por desmantelar los escondites donde se protege las grandes verdades esenciales, para ganar equilibrio y saber caminar.

Pero hoy se ha decantado en una transformación sacrílega. Hasta los años de la gran planificación y de las guerras mundiales el poder buscaba programar de modo sistémico las conductas y comportamientos que requería para reproducir  la vida productiva como principio. No había nobleza sino la seguridad de que la heteronomía basaba su eficacia en que la íntegra tecnificación de todo lo vivo daba mayor margen de ganancia y de productividad. Una época abstraída por la búsqueda del orden a ultranza, por modernizar lo vivo heredaba el proyecto remoto de anular esa originaria responsabilidad de que lo sagrado busque su restitución. El sistema ha sido esa idea de sitiar lo vivo y de impedir el retorno de los sentidos y de la naturaleza. Y lo ha logrado con el proyecto nefasto de hacer de la vida que nace y de la conciencia un medio ambiente de degradaciones y de destrucciones psíquicas. Alterar los medios de vida, los medios físicos que nos rodean, desconectar a las personas y re-afianzar el cinismo histórico de los ciudadanos que golpean como mecanismo de defensa y de intransigencia ha provocado un caos destructivo e infeccioso. En la fragmentación de lo orgánico y de los ecosistemas naturales y culturales del mundo el poder busca inmunizar sus palacios y cuarteles rodeados de escombros y de ruinas cada vez más ignoradas. Hoy no hay ideología, no hay nada que esconder, pues esto presumiría que se puede verlo, desenmascararlo, y hacerlo ciencia. Nada de eso. La urgencia de existir a través de la apropiación continua ha hecho que las singularidades desconectadas, sin que se las pueda integrar en un orden sistémico, devoren y sean las máscaras y los antibióticos que la cultura  de masas y la sociedad del espectáculo han producido para aliviar ese olvido originario cada vez más depresivo e insano.

Como dije en pasajes anteriores la división es la base de toda infelicidad y de todo proyecto de dominación. Aunque esta es otra historia el no saber amar a las personas y vivir en la desconfianza ante lo que te da bienestar ha sido birlado mediante estrategias históricas de hacerse de los amores esenciales sin saberlos amar, apropiarse de ellos, sin querer y sin saber como hacer que te quieran y sean tus aliados incondicionales. El no saber amar, y por defecto no encontrar amor ha generado las dos culturas de máscaras que mencionaba líneas atrás. Una por supuesto proviene de la violencia oscura y de la coacción como forma segura de conseguir poder, y por supuesto las delicias del mundo. Y la otra máscara proviene de esa habitual sutilidad, influencia indirecta y manipulaciones culturales que no buscan sino el lujo y la estética como ámbito de bienestar y de veneración. Como señalo la espontaneidad y la generosidad natural siguen cosechando laureles en las mentes y cuerpos, pero se han vuelto deficitarias para esa búsqueda de seguridad y de control que define al hombre de hoy. Se ha naturalizado como moral y como forma de acción que cosificar con elegancia y mentir es la salud y la felicidad. Esta idea psicosomática es ya el rasgo secreto de cada persona de que se enfrenta el sufrimiento y la miseria de las cosas de modo cínico y cruel, de que nos defendemos de la contaminación cultural ejerciendo violencia sobre los otros y hallamos en ello placer y respeto.

La máscara política y lo masculino.

Hablar de los hombres y lo masculino es parte de otro trabajo. Aquí sólo voy a comentar de manera aleatoria lo que es necesario para pensar la máscara de la violencia, que por naturaleza procede de los hombres. En el Perú hemos conocido como la influencia del cristianismo y de sus enfermedades en el fondo de nuestra cultura, academia y organización política nos han hecho vivenciar un machismo y una construcción cultural de la masculinidad profundamente autoritarios y con secuelas violentas en todo el tejido socio-cultural de nuestra sociedad. Como en todas las culturas de hegemonía greco-judaica la cultura dominante sobre la que se organiza y progresa la sociedad se ha sostenido sobre la acción y psicología de los hombres. Aquí ha calado el espíritu desde antaño de que la historia de la sociedad obedece a saber administrar y dirigir con dureza la hacienda o espacio familiar que se hereda. Somos una aldea que se transmite de generación en generación y se pide de los hombres que la heredan fiscalizarla con una esencial rectitud, como con un rentismo palaciego.

Nuestro poder y sus extensiones proceden de una genealogía que ha hecho de los hombres actores indiferentes ante las culturas que dependen de su hacienda, y por ello,  duros represores cuando aquello que les pertenece y no comprenden busca liberarse de su hermetismo como crueldad. Esa hosquedad como confianza en que lo que se posee es el camino seguro a saber ser macho lo han vuelto sordo a los cambios que han sufrido las culturas en el proceso de una modernización que lo ha desmantelado todo. El rentismo improductivo y la ilegitimidad de un poder político que sólo ha explotado y olvidado la amistad con la naturaleza, han debilitado la eficacia de la coacción y de la amenaza como forma de control. Su sordera histórica ante lo vivo y ante aquello que más ama los han refugiado en la violencia del poder de todo tipo y en la apropiación delictiva. Al mismo tiempo la incomprensión ante lo que los ama, lo han construido como incapaz de ser modelos de vida para las subculturas de niños y niñas que llegan, así como ha los ha vuelto indiferente a todo alegre romanticismo y preocupación por los intereses de la mujer. La masculino es cosificar y garantizar que la fuerza se reproduzca sea como sea. Hablar y saber comprender es lo mismo que ser afeminado o cursi.

Aunque la historia para regresar al origen ha sido el proyecto noble como rentable hecho por lo hombres, hoy el dominio en que se mueven es la marca de su esencial enfermedad de soledad, como la hacienda secreta desde donde niegan el ablandamiento de la cultura y ese humanismo recalcitrante que llena a la sociedad de modales hipócritas. La violencia de lo masculino es parte de su infravaloración como ese rechazo visceral a ser más productivo y romántico. La ausencia de amor los refugia en el poder de todo tipo, y cuanto más sólo e inestable más comprometido con formas de poder corruptas y terroríficas que son las premisas para saciar ese insaciable hambre de aquello que no comprenden, que se rebela, que es huidizo, a lo que a veces odian  pero que desean con un incontenible deseo trasgresor.  En todas las culturas y niveles sociales ese deseo insaciable es traducido en formas criminales de poder que convierten lo más vivo, bueno y bello en posesión suculenta, en algo que corromper. El ascenso cultural de las mujeres, como esa conspiración para separar a los sexos mediante el miedo a todos los hombres como fuente segura de agresividad y de falta de libertad han violentado la sociedad y la cosificación de aquello que más se desea. La miseria ha sido combatida en “la jungla de cemento” como cantaba el finado Héctor lavoe principalmente no con búsqueda de educación y éxito económico, sino con la huida hacia la trasgresión y el saqueo mafioso. Deseducar a las personas o privarlas de un sistema educativo que entienda nuestras culturas con propiedad ha provocado una regresión hacia la violencia y la ira en lo masculino. La mejor forma de destruir nuestra esencial magia mítica ha sido divorciarnos de la historia de la nación, así como empobrecer a los hombres con la obscenidad publicitaria y con la estigmatización de su cultura como retrógrada y fuente de violencia. Ablandar a los hombres y estresarlos los corrompe, violenta, y los vuelve secuaces seguros de un sub-mundo de poderes donde la violencia y el crimen es una forma de vida original. El objetivo: que el Perú como otras culturas no quieran su tierra y no tengan valor.

Dejar sin amor a los hombres los vuelve lo que son ahora. Su excesiva confianza en que el poder político, la coacción, y el dinero rápido y mal habido son el camino a que te quieran ha facilitado el avance de la violencia en las calles, el tráfico de drogas, el servilismo político y profesional en todos los niveles de poder estatal y privado, y la lujuria infartante que alimenta la pornografía y la trata de blancas. La máscara de la violencia ha levantado en la opinión pública que las instituciones públicas, las organizaciones privadas y sociales son las depositarias soberanas del poder social. Se  bebe de un esencial cinismo como ingenuidad. No sólo la pobreza material sino el escepticismo ante una vida que no ofrece certidumbres afectivas ha hecho que la criminalidad se vuelva una actividad que florece sin escrúpulos. Hace de todo lo inocente y deseable negocio rentable, de todo lo vil y nauseabundo empresa lucrativa. La reproducción de este poder requiere invadir de forma secreta todos los niveles organizativos y culturales de la sociedad para no desaparecer y para acrecentar el goce oscuro y enfermizo. Ahí donde el contrato social republicano y la hipocresía de las personas matan el talento y la bondad, el hombre acechado por el racismo, y la fobia a lo que carece de dinero y de modales, acrecienta su ingreso en las esferas de un poder corrupto que vive de la violencia y de la política destructiva. Conseguir fortuna y amor depende de saber nadar en el peligro de una vida accidentada y violenta que es en esencia el verdadero poder oscuro, como el requisito para mantener la degradación y decadencia de la cultura de la que se nutre la psicología de consumo. Medicarse en esta cultura es ser valiente para proteger a los seres queridos y que no se enteren nunca de los riesgos y aberraciones que acechan a las capas más inocentes y frágiles de la sociedad. Esto último es quizás inmunizar como el rasgo cultural que hace posible el despliegue de la otra máscara de las relaciones sociales.

En fin, esta forma de encubrimiento ha sido clásica y es de la que dependido la conformación de las sociedades estatales. Ahí donde no hay guerra y sólo antagonismo político esta máscara se transfigura no en las relaciones culturales hegemónicas sino  ya esta sedimentada como hechos objetivos y culturas materiales en las formaciones organizativas y funcionales en los que se divide la sociedad. Las culturas y sus medios pedagógicos de transmisión de saberes sociales convierten estas máscaras, etiquetas y  publicidades de formalidad en formulas operativas desexualizadas que aseguran la vida genérica de hombres y mujeres. La técnica organizativa y sus incrustaciones arquitectónicas en las ciudades son objetividades de usos y costumbres que son netamente masculinas. Neutralizar su poder pasa por cambiar estas configuraciones organizativas, y no sólo cambiar las disposiciones o actitudes culturales que se sirven de ellas. Emociones nuevas y que sienten al mundo de forma distinta como las mujeres requieren lentamente que sus sensibilidades se objetualicen en otra cultura material y técnica propia de su género expresado. Hasta ahora este programa femenino es sólo de una epistemia centrada en relaciones cotidianas de vida y personales. Y diré luego porqué no se avanza hacia el movimiento objetivo de la sociedad, y a su reconexión en un nuevo poder estatal y unificado con los hombres.

Aunque no es este el lugar para hacer de médico de la cultura sólo podría observar que en nuestro país el remedio a este mal que nos separa y que es el factor central que esta haciendo crecer al narcotráfico y a toda forma de poder ilegal que corroe la sociedad, es reencontrar al hombre con su destino originario, con su pastoreo de esta tierra sagrada como protector y como guerrero ante las amenazas que nos desarraigan y fracturan como nación. Esto es esencialmente enamorarlo nuevamente de las cosas vivientes, y emocionarlo con una nueva fe cívica. Esa decisión no es fácil y no sólo depende de los hombres, sino que los trasciende como cultura y como cuerpo. Ser hombre en el Perú es trabajar duro, saber emocionarse, y guerrear si el destino de una sociedad lo amerita. Ese secreto es tema de otro ensayo.

La máscara y la simulación en lo femenino.

Si hablo de mujeres es porque el derecho y el deber de relacionarme con ellas permite a todo hombre la obligación de conocerlas y quererlas. Se sabe de ellas a través del desarrollo genérico de un hombre en la medida que se habla con ellas y se logra sacarlas de su habitual privacidad cosmetizada, es decir, que se enamoren de uno. En las relaciones formales los hombres y las mujeres están conectados por legislaciones y procedimientos que no permiten acercamientos profundos y mayores relaciones afectivas. En las formas en que se hallen los hombres y las mujeres están desconectados por los roles y los estereotipos que producen los resultados y calificaciones que produce la trayectoria de una persona. La razón de que los hombres y las mujeres busquen la mejoría de sus condiciones de vida es escapar a las privaciones propias de la pobreza, pero sustancialmente conseguir la aprobación y el afecto del otro sexo mediante su empuje para progresar y enfrentar la vida. Aunque en las relaciones sociales el poder materializado y los prestigios conseguidos favorecen cierto acercamiento y la salud emocional de que te quieran y respeten, lo cierto es que las formas que se adquieran y en las que se viva no son determinantes para profundizar una relación afectiva.  El romance requiere lugares y manejo de relaciones sociales pero esencialmente enamorar y querer es una acción y una fuerza que nos hace iguales a todas las personas, y que se consigue por una educación personalizada de contactos y compartir momentos de alegría y dificultades. Trabajar nos hace fuertes y duros, pero amar y saber seducir nos hace emocionarnos y conseguir la felicidad. El medio es sólo una condición, la seducción un arte de conexión y de lenguaje corporal que no se aprende en ningún lado, sólo en la práctica asertiva y constante.

Por eso hablar sobre las flores requieres saber regarlas. Ir más allá de las palabras y las circunstancias. Es conocerlas en aquello que no son disfraces y que es inconsciente. Saber como acceder a su afecto y su entrega febril es un acto de seducción animal y segura. Cualquier hombre esta capacitado para hacerlo sólo es cuestión de hallar su propio ritmo. Es una cuestión de aires y energías, y por supuesto un acto de compromiso con sus intereses y con un proyecto de vida si el propósito es quererlas y compartir un tramo de la vida con ellas.  La seducción es un acto de juegos y de creaciones constantes. La sociedad no posee jurisdicción sobre ella. Cuando se ama y se erotiza la vida  cambia porque el acceso a lo sagrado y a los orígenes, no depende de palabras y de representaciones, sino de estar con ella a pesar de cualquier obstáculo. Respetarlas y amarlas es al mismo tiempo desnudarse con ellas y no cosificarlas, cambiar las cosas y los aires que las envuelven, es crear todo el tiempo algo nuevo y excitante, reír, luchar, conversar, halagarlas e invitarlas a que todo sea directo y sin bochornos. La sociedad y sus sistemas se suprimen cuando se ama.  Cuando se enamora nos damos cuenta que el poder no es dominio sino creación de vida y de perfumes, humores y locuras. Haber naufragado en los islotes de lo privado y cosificar a las  mujeres ha sido una insolencia al único remedio que mitiga estos infiernos de simulaciones: el amor al todo a través de ellas.

Aunque el origen de la conducta femenina en la actualidad lleva a contar una historia secreta de como se origino el poder y el miedo, aquí sólo diré que la causa a varios niveles de la falta de plasticidad masculina en el mundo de hoy, obedece a que ambos sexos han decidido separarse el uno del otro por varios prejuicios. Desarrollar esta idea requiere un estudio de los orígenes de la vergüenza y del funesto divorcio entre el amor y el erotismo. Sólo presupondré que la fuerza de los débiles se basa en separar a los sexos, y que toda la civilización que se ha montado para hacernos felices parte de esta incrementada desvinculación. Haber elegido que el acceso a lo deseado y que no se quiere amar se hace mediante el poder, ha sido un asunto de avergonzados y reprimidos, y esto es una responsabilidad tanto de mujeres como hombres, no hay diferencia. En algún lugar de la historia se empezó a propagar que el cuerpo es una carga, un objeto que no permite el acceso a lo espiritual, a la gracia divina.  La mentira y su desarrollo evolutivo ha partido de esta vergüenza y de que amar es que se aprovechen de tu cuerpo. Avergonzarse de tu cuerpo o hacer del sexo una experiencia necesaria pero sucia, ha introducido que el amor como el sexo es violencia y un acto desigual de goce y de afecto. Incrementar este prejuicio ha sido el centro de poder de las grandes religiones conservadoras, como de los amantes del contractualismo y de la razón de Estado. Modelar a las mujeres bajo esta idea ha asegurado su administración como rebaño aparente de deleite, y a la vez ha generado una zona oscura de la historia donde la manipulación del alma, y el encubrimiento de la magia de lo femenino, ha conformado el miedo como el odio de las mujeres.

La historia de la abstinencia es también la historia de que lo decente esconde la indecencia. El autoritarismo de los sacerdotes y de los soldados ha perseguido controlar con violencia y diplomacia este deseo incontrolable e inexplicable. Para ello han impuesto representaciones y adoctrinamientos que intentan reducir la magia inconsciente del deseo femenino, estigmatizándolo y haciéndolas olvidar su energía primordial, haciéndolas sentir que el hombre las caza y las devora. Hechizar e influenciar al lado de la violencia a la que se teme es un acto de mujeres. Ha sido su respuesta para sobrevivir y satisfacerse.  Aunque también han incorporado como forma de ser las convenciones que el poder vende para  visualizarlas en el lenguaje de la sociedad, es la simulación histórica de que viven en mundo común con los hombres lo que ha garantizado el desarrollo de su astucia para luchar por el amor. Y lo que también, las ha desfigurado en la cosificación de su ser a medida que el erotismo de las grandes pasiones ha muerto en el drama de la moralización y sólo quedaba la simulación y las tretas para saciar su apetito de intimidad. Su esencia es lo privado y la máscara en las grandes relaciones. Su desconfianza ante el poder de los hombres que las han martirizado, y sólo protegido las ha vuelto indiferentes ante las tareas de recuperar lo sagrado y el mito originario.

 Su marca es renunciar al amor que buscan a medida que el hombre se corrompe compartiendo dicha corrupción como objeto de deseo de los hombres, y ocultando dicha verdad con la desaprobación y la decencia. Dicha actitud de inexpresión y privacidad a ultranza las divorcia del movimiento objetivo de la sociedad en la que sobreviven y reproducen con lealtad ciega. La lucha por un lugar en ella, por una cultura de la equidad,  se reduce al logro de respeto y estatus mediante el empoderamiento económico y el continuo antagonismo con lo masculino. Su fuerza como su tragedia es la instrumentalización psicológica de lo que desea, ignorando que su máximo poder de cautividad no está en la cultura y sus ficciones, ni en las capas periféricas de las relaciones sociales a las que Alfred Schütz llamo “realidad inminente”. Negarse a enfrentar las  relaciones más oscuras de poder por el miedo a la violencia originaria es desconocer lo que despierta la ira del hombre y su manipulación a través de la coerción. Construir su personalidad sobre el olvido permanente de esta oscuridad es caer en la mentira, y padecer de ella, es buscar la seguridad de lo que las protege y las venera en la riqueza y en las demostraciones de poder como condición de un idilio lleno de rosas y simulaciones que las fascina.  

Reforzar la condena que pesa sobre su etiqueta de sólo objeto sexual es parte de un proyecto que interpreta mal al amor y al erotismo, es la idea equivocada de que los sexos se aprovechan y se abusa el uno del otro.   Sentirse fascinadas y diosas parte de que se las desee, de que se despierte el interés por sus cuerpos. Señalar que su cuerpo es una cosa, una flor a la que hay que mantener inmarcesible de los abusos de los hombres es lo mismo que perder sensualidad y amargarse. Hoy como ayer el poder al que recurren es parte de la incapacidad de despertar ese deseo, no hay iluminación en ello y su programa. Olvidar su sexualidad o privarse de amar con locura es enmascararse y desquitarse de los hombres, y contradictoriamente adorar cada ilusión y espectáculo que ellos fabrican para poseerlas. No hay moral en ello, no hay buenos y malos hombres de manera sustancial. Lo que atrae y las cautiva es el manejo secreto de los aires y los secretos que ellas se niegan a reconocer  y eso es algo animal y primitivo. Vivir  el estigma de su sexo en el antagonismo constante al que prometen cambiar con su empoderamiento en una realidad infernal es desperdiciar su fuerza vital en la aceptación de lo existente. Aires de libertad y camuflaje al mismo tiempo es conseguir lo que se quiere al precio de caer víctima de lo que más señalan odiar, pero más aman con locura: la habitual politización de un hombre que destruye el todo sólo por ambicionar el amor de su ingrediente secreto.
La mercantilización del mundo halla el origen de la cosificación y el extrañamiento de la vida en haber objetualizado a la mujer y su cuerpo y que ella haya echo lo mismo consigo mismo y con los hombres. Todo el realismo de lo objetivo y el exilio permanente del misterio de la vida al que no se quiere vivir reside en la naturalizada separación de los hombres y las mujeres. Hoy el desorden que padece el mundo se despliega sobre la coexistencia de dos mundos que se ignoran pero que se complementan con cinismo. La economía especulativa y criminal del capital, que vive de la decadencia infinita de las personas es sostenida por la violencia de los hombres,  en donde el film de alegría y turismo utópico que hurgan las mujeres es el modo que haya la cultura que nace, de inmunizarse del infierno que se cuela como accidente y guerra en las calles. Como dijera por ahí Adorno lo más bello que puede fabricar el show del capital se levanta sobre un espacio de ruinas y de padecimientos originado por la obstinación de no saber amar. Lo privado como búsqueda incisiva de placer y de autoconocimiento es el lugar de una herida mítica que sólo se cura cuando las personas se conecten y se amen sin pudor. Mientras se oculten las personas estas no vivirán todo aquello que los define, estarán muertas. Será como el país de donde provengo donde su identidad es avergonzarse todo el tiempo de su origen, y vivir con orgullo de las grandes mentiras a las que adquiere y desarrolla. Esto que es la marca de su gran miseria, como riqueza. Recuerden: sólo en la tierra en que más se esconden sus habitantes y no se conectan, en aquellos que tragan adulteraciones con avidez reside un gran secreto de como reunir a las personas. “Lo que no mata te hace más fuerte”
 

15 de junio del 2014


















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