Cultura burocrática y corrupción
Responder a la pregunta porque el funcionario peruano es tan corrupto, no nos lleva solo a hacer un esfuerzo psicológico de análisis, sino sobre todo a captar un plan de sabotaje meditado con alevosía y ventaja para descomponer el edificio estatal. Aunque parezca una obviedad malintencionada el pensar que el corrupto tiene una intención ideológica, Pero lo cierto es que un Estado lento y lleno de procesos engorrosos y disfuncionales nos lleva a pensar que la corrupción no es solo una decisión alevosa, sino sobre todo un resultado del sistema añejo y vetusto. El viejo Estado populista clásico a pesar de las cirugías a la que fue expuesto con el neoliberalismo de los 90s, se mantuvo como una tradición de diseño gubernamental que ha vuelto a resembrarse en la cultura organizacional actual. El burócrata es un tipo de gestor que reduce su acción política y técnica a trabar y bloquear las conducciones desarrollista del gobierno, y una muestra de que cuando la sociedad está enferma de anomia cultural, el proceso jurídico estatal también se contamina del delito y la anomia. Reducir solo la especialización del burocrata al incentivo económico, lo que hace es no desarrollar una cultura organizativa de vocación y servicio, ahí donde cunde la anarquía y la pobreza cultural de la sociedad
Nuestro edificio estatal es un caleidospio algo desordenado. Un producto de esta amalgama variopinta de tradiciones superpuestas una encima de otras, es que no existe un enraizamiento funcional y soberano en la sociedad, que se traduzca en bienestar y desarrollo legítimo. Y está característica informal del Estado se evidencia como un problema cuando la sociedad se halla atacada por una severa crisis social o económica. Durante la pandemia, fue un escándalo observar como la incapacidad de gestión para enfrentar el dilema mostró la crudeza de miles de muertos y de una economía popular que se vino a bajo. El Estado literalmente no funcionó, y el sector salud hizo entropia, con el consiguiente sufrimiento del pueblo peruano. Al no haber una estructura lógica que represente y gobierne a la sociedad civil organizada y a los sectores empobrecidos del sistema, lo que sucede es un serio divorcio entre la cultura económica y la construcción político estatal. Este problema de falta de soberanía sobre el territorio y sus culturas locales se traduce en que cada vez más sectores de las economias populares se informalizan y se aislan de los controles formales y jurídicos. No preocuparse en conciliar en un sistema lógico la cultura, la economía y el territorio ha desembocado en una disociación ontológica entre el Perú que funciona para algunos y una gruesa multitud de trabajadores y representaciones simbólicas que viven en la trasgresion cultural. Este divorcio estructural entre la cultura que se niega a ser modernizada, porque en realidad no saca nada próspero de ello, ha hecho que la producción intersubjetiva de nuestras culturas se desenganchen de la racionalidad de la división social del trabajo; y por lo tanto, la acción cultural este acostumbrada a evadir la conformación de una conciencia colectiva democrática. El diseño estructural por el cual se procesa la cultura política del país no posee fundamentos racionales y lógicos en donde la vida social e individual se vea reconocida, y atendida como ciudadanía.
Este ligero rodeo para sostener que el estado peruano no posee una arquitectura acoplada a nuestra sociedad, y que esa es la razón de porque vive divorciado de los problemas sociales y cotidianos del pueblo, ha servido para desarrollar la siguiente tesis: la cultura autoritaria criolla ha generado una cultura organizativa dónde prima un conjunto de tradiciones y mafias económicas que se aprovechan de la irracionalidad del sistema para oponerse a toda modernización y real desarrollo humano. El no experimentar un Estado arraigado a la cultura popular y descentralizada del Perú ha generado que se reproduzcan un conjunto de practicas deshonestas y delictivas que se resisten a desaparecer y en su lugar edificar institucionalidad y libertad. Este marco enfermo dónde florece el funcionario público hace que la mayoría de ellos reproduzcan un tipo de organización donde el interés particular del burocrata choca o se desdice del bienestar que su accion debiera generar. La costumbre de sabotear e impedir el desarrollo de la sociedad ha hecho que se resistan a una severa reforma del Estado. Saben que de simplificarse procesos y tener dispositivos jurídicos más ágiles y eficientes se perdería el poder de las mafias que viven en la modorra y corrupción. El mal funcionario se corrompe porque el sitial de poder de diseño al que llega le reviste de un egocentrismo dónde goza robándole y haciéndole la vida difícil al ciudadano. Es su criminal acción de robarse los bienes de la nación, producto del trabajo de todos, lo que los empodera a creer que su vida individual está más allá de todo juicio o penalidad. La ruta del vivazo y del uso indebido de las leyes estatales los empodera para sentirse superiores y empoderados al resto. A medida que no se reforma el Estado y no cunde la meritocracia, el clientelaje político de la clase política empeora el funcionamiento del estado, abriéndolo a un ejército de oportunistas y ineptos, que ven al Estado como un botín. Ahí donde no hay conocimiento y si un poder que obnubila al punto de creer que el burócrata es una autoridad sapiente lo que se provoca es la disfuncionalidad del Estado y la lentitud de la gestión sostenible en educación, salud, infraestructura y demás servicios. El país se paraliza porque le conviene al burócrata y sus aliados políticos no servir al pueblo. El gestar se vuelve una decisión que carece de evidencia racional e intuición ante problemas y crisis que surgen, y se sustituye por una mentalidad que carece de experiencia y saber técnico.
Pero no es todo esto. En democracia ha ido sembrando se en la cultura organizada del Estado y de la sociedad civil poco a poco un tipo diferente de estupidez organizada muy peligrosa que se vende como radical decisión, Pero que no pasa de ser un populismo muy destructivo. No es el clásico oportunista mercantilista como lo es la organización de Acuña o Luna Galvez, sino una clase de hampones que sirviéndose del discurso de la miseria infestan los cargos públicos, con el objetivo de destruir el Estado al que llaman burgués. Ya no importa bloquear al Estado para deshinbir el desarrollo social y empresarial, sino que se busca a drede desmantelar con la corrupción y el vil robo a la sociedad, haciendo que los servicios públicos no funcionen y se abandonen, y de ese modo desarraigar al pueblo de la iniciativa privada, reduciéndolo al asistencialismo y la pobreza igualitaria. Este burócrata cumple el rol de corromper y empeorar porque la táctica o la teoría comunista lo pregona, y además porque el recurso público se vuelve una posición de estatus y de riqueza, que se goza por redimir al pueblo que se atrevió a vivir en el capitalismo o en la actitud emprendedora. Se coerce la legislación y los marcos políticos del Estado para convertirlo en una herramienta de tiranía y represión, dónde quien controle el Estado y sus recursos está en la posición de enriquecerse y enseñar a la sociedad a ser comunalista. Aunque el populismo de esta clase política hace ver como fácil gobernar y subsidiar al pueblo, lo cierto es que se engaña a los movimientos y tercer sector organizado con una clase mediocre y lumpenezca que siempre desio el poder económico de las elites, aún cuando propagandeo toda austeridad. La mediocridad del burocrata expresión de una sociedad atómica y desmadrada, cede casa vez más espacio político a una estupidez organizada, donde el idiota sueña con el poder, a través de la violencia y la hipocresía. Por ahora nos hemos librado de esta enfermedad en el Estado, Pero ya ha hecho Mucho daño y ha conseguido la hegemonía del sentido comun, lo que se traduce en un estado necrozado al cual hay que modernizar. Se ha rebelado que ante leyes y procesos engorrosos y lentos la oportunidad de capturar el poder estatal es el camino a ganar la lotería. El problema de la izquierda no es quienes votan por ellos, sino de la mayoría de sus líderes que se quieren convertir en una monarquía vitalicia.
Desarrollando una visión de lo que se viene solo se puede concluir que seguiremos sufriendo un Estado ineficaz y corrupto, en tanto no se modernice y cambie. Pero resulta ilógico creer que esto sucederá por la misma mentalidad política que se ha beneficiado de este desorden estatal. Por ahora hay combatir a esa casta de políticos, como dijera Milei, que ha capturado el poder político y que nos obliga cada cinco años a seguir votando por ellos. No es solo una tarea de líderes aislados, sino sobre todo de una nueva inteligencia que piense ls realidad peruana con ciencia y empiria, y eso se traduzca en ingeniería política sofisticada acoplada al devenir extraordinario de la cultura peruano. Estoy es toda una odisea, Pero hay que iniciarla. En ello reside la imaginación de los verdaderos líderes.
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